Que la naturaleza es sabia se demuestra perfectamente durante el embarazo. Y es que esta es una etapa repleta de cosas sorprendentes. Una de ellas es la placenta, ya que se trata de un órgano temporal que se forma en las primeras semanas del embarazo y que deja de cumplir su función unos pocos minutos después del parto. Es decir, nace y muere durante el embarazo. Sin embargo, esto no es del todo cierto, puesto que tras el nacimiento del bebé, la placenta puede tener otros usos. Por ejemplo, en el último número de la revista Infomatronas encontramos un interesante artículo sobre una reciente investigación que indaga en las propiedades curativas de la membrana amniótica, la capa más interna de la placenta.
La placenta tras el parto
La placenta es un órgano temporal que se desarrolla durante las primeras semanas del embarazo y que se encuentra unida a la pared uterina. Está conectada al bebé mediante el cordón umbilical y entre sus funciones principales figuran la de proveer de oxígeno y nutrientes al bebé.
La vida útil de la placenta durante el embarazo llega hasta el parto, concretamente hasta la fase de alumbramiento, cuando se desprende de la pared del útero y se expulsa poco tiempo después del nacimiento del bebé. Y tras su expulsión, ¿qué se hace con la placenta? ¿tiene otros usos? Aunque generalmente la placenta se descarta al considerarse un tejido de desecho, a veces la madre pide al centro hospitalario conservarla. Sin embargo, otra opción es la de donarla, ya que puede utilizarse para investigaciones y tratamientos médicos y, de este modo, beneficiar a personas con determinados problemas de salud.

El uso de la placenta para la cicatrización de heridas
Precisamente, un artículo del último número de la revista Infomatronas pone el foco en una nueva investigación sobre las posibilidades de la placenta en el cuidado de heridas de difícil cicatrización.
El uso del tejido placentario para la cicatrización de heridas no es nuevo, pues según leemos en dicho artículo, han pasado ya casi 100 años desde que se utilizó por primera vez con este fin, aunque el riesgo de transmisión de enfermedades provocó que cayera en desuso. Sin embargo, con las nuevas formas de conservar las placentas de forma segura y con la realización de controles de calidad exhaustivos, su donación se ha convertido en una alternativa que no solo es segura y sencilla, sino que además se puede utilizar en investigaciones y tratamientos médicos, beneficiando de este modo a pacientes que presentan ciertos problemas de salud, especialmente en lo referente al cuidado de heridas de difícil cicatrización.
Una de las últimas investigaciones que se han dedicado a abordar este tema dice, entre otras cosas, que “Las heridas de la piel se curan con menos cicatrices cuando se aplican láminas finas de placenta humana seca como apósitos”. Concretamente, los investigadores pusieron la lupa en las propiedades curativas de la membrana amniótica, la capa más interna de la placenta, indicando que “numerosos factores pueden impedir la cicatrización de heridas, pero el amnios brinda una oportunidad para que la herida sane cuando los tratamientos tradicionales no han tenido éxito o son insuficientes”, remarcando además sus propiedades antimicrobianas, antiinflamatorias y regenerativas.
Sin embargo, los estudios e investigaciones sobre este apasionante tema no acaban aquí y ya otros grupos se están encargando de explorar el potencial que posee el tejido placentario para la cicatrización de órganos diferentes a la piel.
Fuente de la información: Revista Infomatronas
